El adiós a Carlitos

Carlitos en el cumpleaños, para grande

Hace unos 12 años, en un cumpleaños, le tomé esta foto a Carlos (Carlitos le decíamos de cariño, aunque ya fuera un güevon hecho y derecho).

En un fatídico jueves de abril del 2018, un cabrón hijodeputa entró hasta la cocina de su casa y delante de la mamá, lo asesinó.
No hay justificación alguna para que murieras así ¡Ninguna! Nadie merece morir así. Ni siquiera el pirobo malnacido que te mató.

Luz con Carlitos muy felices

Luz con Carlitos, gigante

Yo que sí vi cómo tú madre y tú padre se la jugaron para que tuvieras todo, me duele en lo más profundo de mi corazón tu asesinato. Te tenía fe, te traté de aconsejar, que me vieras como un ejemplo, que a la gente que es diferente hay que esperarla un tantico para demostrar para qué vinimos al mundo.

Qué tristeza tan grande no poder haber visto de lo qué eras capaz.

Te encendí una velita parcero para que te ilumine la ruta. Cuidanos mucho. Dale un abrazo a la abuela de parte mía.
Ya vamos parce, ya pronto vamos nosotros detrás de ti. Solo te adelantaste.

Te recordaré por siempre. Y a la gente que se recuerda nunca muere.

¡Gracias por haber existido!

 

 

Días después de escribir esto, pensando en cada recuerdo, en cada gesto, en lo que pudimos haber hecho como familia y no hicimos, me doy cuenta que cada generación de la familia de mi papá ha recibido un golpe mortal con el asesinato de uno de sus miembros.

A mi papá le mataron a un hermano, que se llamaba Millán. Era tranquilo según he oído, buena gente, jugador y un poco terco. Creo que lo mataron en el parque del pueblo, delante todos, y que el asesino, apuntando a todos lados, no dejó que le dieran agua siquiera, y lo dejo morir ahí. Eso cuentan. Eso he escuchado de forma fragmentaria y casi como si fuese una leyenda. Yo estaba o muy niño o no había nacido. Todavía mi mamá dice: “ve, ese (sobrino, nieto o primo) hace igualito a Millán”. Nadie de los jóvenes sabe qué es lo que quiere decir pero los viejos asienten con tristeza y como recordando.

A mis primos más grandes, cuando estaban pelados, les asesinaron al primo Wildeman. Yo estaba muy chiquito… de unos 7 años. No me llevaron al entierro. Era en Jardines Montesacro, por allá lejos, más allá de Bello. Lo mataron, dice la leyenda, porque estaba robando en una farmacia, y los amigos, ex reclutas del ejercito como él, lograron huir, y Wildeman no, porque se enredó en un alambre de puás y el farmacéuta lo mató. Yo lo recuerdo en algunos gestos, su rostro borroso y sonriente, y todas las lindas referencias que me ha dado mamá, pues era el único que se ofrecía a ayudarnos en la ciudad cuando teníamos que ir con mi hermanito enfermo de hospital en hospital, intentando salvarle la vida, pues era muy enfermito. Era el primo más grande, más fuerte, más lindo, y era amor puro, y lo mataron en la primera vuelta después de volver del ejercito. Mi madre el día anterior lo invitó a irse para Bolívar, y él le dijo que tenía que hacer una cosita, que al otro día iba. No fue. Esa vida se perdió.

Y ahora, a nosotros, que por un par de años llevábamos esperando el golpe, por fin, y maldita sea, llegó. “Mataron a Carlitos” dijo mi hermano con los ojos encharcados cuando colgaba después de hablar con mamá. Me quedé en silencio, mientras mi hermano terminaba de acomodar la cámara para el evento que íbamos a cubrir… me eché la bendición y en silencio le dije “buen viaje Carlitos!”. Hacía mucho no me echaba la bendita bendición. Me dolió profundo que mataran a alguien de la familia, así haya explicaciones tipo mafia de Sicilia, de que hizo una “vuelta” el día anterior. Y que la vuelta no la quería hacer y lo obligaron, y qué qué qué qué. Sí, yo sé, el pueblo está en guerra, y que él por más sano que fuera estaba con amigos ahí adentro de la guerra… Sí, eso se sabe que siempre habrán culpables y maldiciones por echar, pero nada de eso justifica ni devolverá al parcero. Lo perdimos. Nos lo quitaron de las manos con siete tiros delante de la mamá en la cocina de la finca, mientras mi prima le gritaba que “no más! No más!” y el asesino se tapaba la cara para no ser reconocido.

Otra vez perdimos a un man, bonito, buena gente, fuerte, y vamos a seguir como si nada. Y la familia va a seguir generación tras generación perdiendo gente y nosotros ahí, justificando y cada vez más desunidos.

Una muerte no es solo una muerte, sino la desfragmentación de un montón de personas que se vuelven más silenciosas, desconfiadas y vengativas.

 

 

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