La Vóragine

Cada vez que abría el libro de La Vorágine, me sentía entrando en un universo hermoso y a la vez horripilante, con sus reglas y finales.

La voragine

-Es que, dijo don Rafo, esta tierra lo alienta a uno para gozarla y para sufrirla. Aquí, hasta el moribundo, ansía besar el suelo en que va a podrirse. Es el desierto pero nadie se siente solo: son nuestros hermanos el sol, el viento y la tempestad. Ni se les teme ni se les maldice.

José Eustasio Rivera, que con un solo libro entró en la historia de la literatura universal, nos adentra, despacio primero, y luego con una furia intensa, por la llanura y después por la selva.

Y la aurora surgió ante nosotros; sin que advirtiéramos el momento preciso, empezó a flotar sobre los pajonales un vapor sonrosado que ondulaba en la atmósfera como ligera muselina.

Anoté un montón de pasajes porque el cuentecito rítmico de La Vorágine es hermoso, intrincado, no es fácil, y a la vez es como música.

En el fondo de mi ánimo acontece lo que en las bahías: las mareas suben y bajan con intermitencia.

Dicen que el autor lo escribió gracias a que era visitador oficial por los límites de Venezuela y Colombia y por la Amazonía, y en una de esas fiebres que le dio, beriberis, escribió el libro de un tirón. Y creo, sin temor a equivocarme, que utilizó casi todas las letras del Español.

¿Para qué ciudades? Quizá mi fuente de poesía estaba en el secreto de los bosques intactos, en la caricia de las auras, en el idioma desconocido de las cosas; en cantar lo que dice el peñón la onda que se despide, el arrebol a la ciénaga, la estrella a las inmensidades que guardan el silencio de Dios.

Además le regaló al idioma cientos de palabras nuevas, locales, que inmortalizó y si se quiere, universalizó si se populariza.

Eranos imposible mezquinar nuestra sangre asténica, porque nos succionaban a través de sombrero y ropa, inoculándonos el virus de la fiebre y la pesadilla.

No es la “universalidad” unánime que tiene Cien años de soledad. No. La Vorágine es magistral porque es un poema político, económico y botánico, novelado. O algo así.

Las visiones del soñador fueron estrafalarias: procesiones de caimanes y tortugas, pantanos llenos de gente, flores que daban gritos. Dijo que los árboles de la selva eran gigantes paralizados y que de noche platicaban y se hacían señas. Tenían deseos de escaparse con las nubes, pero la tierra los agarraba por los tobillos y les infundía la perpetua inmovilidad.

Y se nos murió Rivera sin escribir alguito más, que seguro lo hubiésemos disfrutado. Se le agradece que haya hecho poética sobre una guerra contra la naturaleza hecha por los blancos obligando a los pobres e indígenas a ejecutarla.

Un sino de fracasos y maldición persigue a cuantos explotan la mina verde. La selva los aniquila, la selva los retiene, la selva los llama para tragárselos. Los que escapan, aunque se refugien en las ciudades, llevan ya el maleficio en cuerpo y en el alma.

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