La muerte de Bolatriste // Juan Gossaín

Ya he leído a  Juan Gossaín en forma de columnista, de cuentista, de novelista de su infancia, ahora con La muerte Bolatriste es la oportunidad de conocer el viejo, al escritor anciano.

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Todos fuimos jóvenes hasta que la juventud se desmoronó esa tarde. Fue el día en que descubrimos que existe la maldad y el sufrimiento.

No es una gran obra, ni la que recordarás por siempre, es un pequeño homenaje, estoy imaginando no más, a sus viejos amigos y al mismo tiempo está dándole la oportunidad al anciano de cerrar ciclos. Tal vez ahora que nos creemos aún jóvenes e invencibles, nos parezca aburrida y monótono este relato largo. Y no, es que aún estamos ensimismados en cosas que no tienen importancia, pero un día nos tocará hondo.

Bolatriste era inofensivo y bueno, como el pan del desayuno. Tenía un corazón inocente que no hacía daño a nadie.
Por lo tanto, quienes lo conocieron en su breve paso por el mundo caían a la ligera en la tentación de tomarlo por un idiota, cuando en realidad era solo un hombrecito deslucido, pálido de nacimiento, un langaruto, criatura desabrigada del monte, la sencillez en persona, la pureza de ánimo, el candor en carne y hueso, mucho más hueso que carne, para ser precisos.

Los estereotipos de un colegio de la costa colombiana, zona del país siempre llena de inmigración y cultura, sirven para darte un repaso a la depresión, la literatura, el amor y a hombría. Y decir eso, abarcarlo eso, no es poco.

Distinto es suicidarse en verano, un testimonio de fe y un acto de renunciamiento. No de resignación.

Un libro ligero para leer frente al mar, y reír y llorar.

Ahora ya no sé si esta soledad es el camino a una tierra nueva, que me aguarda al otro lado de la noche para liberarme, o es simplemente el final de la vida, nueva o vieja, de todo lo que es vida, del mínimo vestigio de vida.

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