Una pequeña tragedia casera

Me pasaron tantas cosas alrededor de mi cumpleaños, que así hubiesen sido malas, las tomé como un regalo, como una indicación.

Al final los que vamos sin rumbo seguimos cualquiera señal, así sea hacía un abismo.

Después del robo en la casa de campo, y gastarme la poca plata en aldabas, cancamos, pasadores, tornillos, clavos, colbón y aserrín, y martillar toda la noche, bajé a la ciudad a respirar aire contaminado y convivir con gente a punto de hacer una masacre por el estrés y la pobreza. En la noche, llegué a la casa en Castilla, y abrí la nevera me di cuenta que estaba apagada (tres días apagada) y la mitad de la comida estaba echada a perder prácticamente.

Me puse a llorar. O sea, escribí en redes sociales que estaba triste y llorando, y adjunté un gif de Homero Simpson llorando. Así lloramos la gente de hoy.

Aún con las pulsaciones arriba (por la bici) y sudando, me puse a limpiar todo rápidamente, y mientras tanto entendí que barriendo o trapeando había desconectado el cable de la luz, y en fin, el resto es historia.

escuchando la nevera

Ahora, va tocar cada vez después de hacer aseo y cuando voy a viajar, ponerle la oreja a la neverita y comprobar así que el motor ha quedado encendido y el quesito las arepitas de chocolo y la mantequilla no se volverán a perder.

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