Una pequeña escena que me revolvió el estomago

Iba, después de salir de trabajar en el Metropolitano en un evento hermoso y poderoso, caminando por el puente que lleva de Estación Caribe a la Terminal de Transportes. Para ser las diez de la noche de un martes había mucha gente. Mucha. Y en la mitad de aquel puente se formó un trancón. La gente ya empezaba a empujar y manotear, seguro con el afán que el bus los iban a dejar. Lo que pasaba era que a la derecha por donde debíamos caminar los que ibamos estaba sentada una indígena Embera con su hijo en brazos, y a la izquierda, por donde debían venir los que iban para el metro estaba un señor con un bulto al hombro y dos niños que jugando le daban vueltas y lo enredaban. Los logré pasar por el medio, y escuché que el señor decirle a su mujer que le llevaba varios pasos de ventaja: “¡Pero coge si quiera alguno!”. Miré para atrás cuando la señora, con cara de asco y odio, le decía: “¡Qué va pirobo hifueputa! (Pausa) ¡Para lo qué servís! ¡Shiiiiiiii! ¡Malparido perro!”

Aceleré todo lo que pude, y logré no escuchar más. No quería hacerlo. Me revolvió las tripas y mi corazón iba a estallar. La forma de decir, el énfasis, las palabras usadas, me recordaban cosas. Cosas horribles. Seguro el man se lo merecía, quién soy para decir lo contrario. Pero durante un par de horas volví a sentir lo que sentí durante años: ganas de morirme. Bueno, precisamente no, pero sí me deprimí y quería no estar por un rato en esta vida. Una especie de impotencia y resentimiento. Sentí pena y dolor por esos niños que iban a crecer en medio de las agresiones. Me volví a odiar por lo que hice y no hice. Me demoré mucho en pensar en otras cosas, en obtener calma, pues por un instante una escena ajena me recordó mis escenas propias, y sentí asco por esas palabras (o parecidas o todas juntas dichas con rabia) y sentí más asco cuando pensé en cómo respondí un día a ellas y todo lo que hice.

La idea es olvidar para siempre, y creí que estábamos en eso, pero no es tan fácil como tronar los dedos. Hace falta tiempo para la recuperación, para sanar, para que cuando escuchas insultos y ofensas uno tras otros no te den ganas de muchas cosas.

La reconciliación es conmigo, es hacía dentro, es aquí, soy yo. Que los demás hagan lo que quieran, pero yo necesito recuperar la bondad y tranquilidad que algún día tuve y perdí por algo que llamábamos amor y que no era ni cerca eso, no era ni cerca, ni putamente cerca…

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