Primeros días de octubre, estrenando nevera

Ya es cinco de octubre, y llueve en las tardes y en las noches y madrugadas. Ya hay gente diseñando sus disfraces y otros planeando sus vacaciones.

Yo por el momento, sigo igual. Igual de solo, triste y perdido. Pero ya tengo nevera. Neverita.

Nevera nueva

No es nueva. No la compré con mi plata. Fue comprada en una prendería por la casa, y la plata me la dio mi tía. Muchos meses tratando de ahorrar, y lo urgente no me dejaba ahorrar. Ya estaba desesperado, pues ni arepitas me podía hacer, y me estaba gastando mucha mucha plata comiendo fuera de casa. En fin, no es lo mejor que he escrito, pero es la pura verdad:

Tuve que pedirle plata a mis 34 años a una tía para poder comprar una nevera chiquita y vieja así poder comer en casa, tener agua fría, poder comprar embutidos y consumir mantequilla. Eso. Y no es poco. Ya llevo un par de días con el ruido blanco sonando en la cocina, pero me da una tranquilidad saber que puedo soñar con tener leche y no tenerla que tomar en un solo día.

Parece que esto es lo más cerca que estaré de la felicidad.

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