27 de septiembre, dejá vu

Ayer en la tarde comencé a rodar con mi pesada bici por la pista del Juan Pablo II, y a la segunda vuelta, vi a un man en un bici todoterreno y sin uniforme de ciclista y sin chocles y que iba a un ritmo que podía seguir.

ciclovía en juan pablo

Y así hice, pero a la primera vuelta, por esa manía que tengo de ser explosivo cuando tengo buenas piernas, lo sobrepasé y él me siguió un par de vueltas más, y volvió a pasarme pero no tenía mucha velocidad, y lo seguí y luego él me siguió, y así nos pasamos 28 minutos.

Tengo en cuenta los minutos, porque como no tengo lugar para poner mi caramañola, y cuando no llevo jersey me toca llevarla en una tulita, entonces no pude tomar agua, y en la ultima hora ya tocando la media hora a 32 y 34 kilómetros la hora, con una bici con llantas de barro en un pavimento no tan liso, era necesario parar, y le hice con la mano que se siguiera, pero él paró igual.

A los 100 metros que puse pie a tierra para beber, él más adelante se baja también y se quita el casco para amarrar su bici en la reja y ponerse a trotar. Yo seguí rondando un rato más, tal vez 10 minutos, y tenía planeado hacer lo mismo: correr unos 45 minutos. Cuando me lo volví a encontrar, como los que trotan van en sentido contrario, pude verle a cara, y pensé inmediatamente: “¡Andrecito!”.

Me regresé a Urrao en 1996 o 97, cuando en una carrera infantil en bicicletas de cross en las primea vueltas le seguí la rueda (eramos de la misma escuela de ciclismo), pero en un enredón con mi rueda se cayó y ya no tuvo posibilidad de luchar por medalla, en cambio yo quedé de tercero. Desde ese día no nos hablábamos. Se enojó conmigo, sabiendo que no tuve la culpa. Lo sé porque lo dijo a los amigos. Pero se enojó igual.

Desde hace eso, 22 años, hasta que me bajé, amarré mi bici y me quité el casco, y Andrecito venía ya caminando, me sonrió al reconocerme. Dos décadas para darnos la mano. Le dije de Urrao, se sonrió más cuando le mencioné que seguirle la rueda fue como volver a esa época. Y corrí, supongo que con una sonrisa en la boca.

Sin darme cuenta, tuve un dejá vu siguiendo una rueda de un amigo sin saberlo. Fue como concluir, sin caída, una rodada que hacía años teníamos inconclusa.

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