Ahora yo soy el tío

Hace unos días -y eso es lo bueno de los diarios digitales: que hay hipervinculos-, escribí que quería ver la imponencia, así fuera de lejos, de las nieves del Chimborazo.

Ahora, en el futuro, después de regresar del Ecuador, y tener varias semanas de reflexión, estoy listo para escribir: Ahora yo soy el tío.

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No solo conocí el Chimborazo, sino que conocí la nieve. Ahora yo soy la foto en la nieve. Ahora yo soy el de mi familia que ha ido más lejos. Bueno, no, mi hermano también estaba conmigo.

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Fue como un regalo. De verdad creí que solo iba a ver el Chimborazo de lejos, tal vez para la foto bonita con él al fondo. Pero no, la suerte nos llevó a conocer a Flavio, y que él sacara un día domingo de sus vacaciones para llevar a un equipo de montañeros de montañas verdes, y más grandes que el cielo, pero que desconocían la nieve, a conocer la nieve. Y todo salió tan chimba, tan magico, tan hermoso.

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Teníamos provisiones de queso, mermelada, pan, agua, turrones y hasta confites de coca. Y claro, las mejores chaquetas que tuviésemos. E Incluso Flavio, que ha ido varias veces a visitar el Chimborazo, nos asegura que es la primera vez que llueve nieve, que nevá, que siempre está con nieve en el piso (menos mal el calentamiento global no la ha derretido tanto), pero nevar nevar, never. Por eso digo que fue como un regalo.

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Después de gritar como niños por ver copos, o más bien como una lluvia de nieve, nos metimos al primer refugio que tiene la montaña, y estaba lleno, y estaba caliente, pero muy lleno y mucho ruido, y una niña se desmayó por el mal de altura, y mejor fue salir a caminar. Creímos que la cosa era ahí, 100 metros, y no, se podía ir más lejos (incluso se puede llegar a la cima, se debe salir a las 10 de la noche y se llega en la madrugada desde el campamento dos), y fuimos caminando, con los zapatos más caros y más chimbas que me he comprado en la vida que sonaban como si reventara corozos al caminar, y comiendo turrones para levantarme el nivel de azúcar, y respirando muy bien y yendo despacio, y así subimos y volvimos a bajar en casi hora y media.

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Prendí el reloj tarde, porque no imaginé, por la emoción debió ser, que se puede tener un mapa de una caminata en un nevado. Entonces solo tengo registrado un kilómetro y medio, pero debió ser ochocientos metros subiendo, y de nuevo bajando lo mismo.

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En el camino le salvamos a varios caminantes que la altura los estaba jodiendo a punta de dulces, y el paisaje era increíblemente hermoso, y el corazón a mil, y arriba comimos queso con pan y mermelada y todo el que llegaba comía y sonreía con nosotros… no hay palabras para describirlo, cuando publique las crónicas en video tal vez tendrán una medio sensación de lo que sentí ese día, que fue la medio bobadita de conocer una de las maravillas del planeta: los cristales de hielo.

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Ya mismo le envío a mi madre esta foto, para que la guarde, para que sepa que dos hijos suyos conocieron la nieve, y fuimos felices como cuando conocimos la lluvia o el barro o la magia.

 

Nota: si quiere caminar, virtualmente, el Chimborazo, ya Google lo tiene mapeado.

One Comment

  1. Kh dice:

    Ey, hermosura <3

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