Este viaje fue vendido sin tiquete de vuelta

Hace días quiero escribir que estoy en un viaje. No lo había hecho, porque estaba dejando que el silencio contara lo que sabe.

Pero seguro los lectores de este blog, de sitios tan dispares como Macedonia, Bahamas, Senegal, Slovakia, Japón, Australia, Kenia, Bolivia, y Chia (Cundinamarca), se deben estar extrañando de encontrar un blog lleno de reseñas melosas de películas y excesivos elogios a cada pedazo de libro que lee, y nada de la promesa de una bitácora de un joven adulto depresivo con 28 años de mala suerte.
Las letras vuelva a aparecer, por supuesto, porque ando leyendo a Orsai. Y el por supuesto, es porque mi viaje empezó decididamente hace poco.
Y en la número 3 de Orsai, encontré el momento donde empezó.

Este careloco en la segunda pagina de una revista de culto, que me inspira, que viéndolo bien, yo hago posible mi propia energía inspiradora, y la revista del otro, la historia que vamos a contar juntos mañana.

Desde ese día del viaje, decidí sin contárselo a nadie, ni a usted amigo Pakistani que entras por error buscando a Pablo Escobar, que no iba a parar, que la felicidad había que llenarla con algo, y que las tristezas había que dejarlas sin palabras, sin memoria, sin justificación.
No tengo ni idea si lo he logrado. Lo que si les aseguro, es que el trip continua. Siempre a media caña, con ganas del ultimo, celebrando que estamos vivos y con ganas de estarlo.
Pero como el viaje es traicionero y culebrero, y extenso, confieso que mis depresiones cada vez son más hondas, y mis alegrías son más enérgicas. Si no, no valdría la pena levantarme a disculparme mañana, y a querer a ir a soñar en la noche.
Y le volví a la oportunidad a las nuevas aventuras, con los vientos que traigan. Con todo el miedo, con todas las ganas. Porque este viaje fue vendido son tiquete de vuelta…
En este viaje a veces escribo en las paredes donde alguien pueda leer, y sonreír conmigo.
Les recomiendo no preocuparse por tantas reseñas. Lea las que le plazcan. Yo sólo estoy haciendo un rastro de lo que me entra al cuerpo, porque ya era suficiente contándoles los pesares que salían de él.

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